Las cosas que elegimos conservar
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Hace unos días estaba organizando algunas cosas de la casa y me encontré con algo que llevaba años guardado.
No era especialmente bonito.
Tampoco era algo que usara.
Pero cuando lo tuve en las manos pensé: esto no lo voy a botar.
Y me dio curiosidad.
Porque vivimos rodeadas de cosas, pero no todas terminan significando algo para nosotras.
Hay una taza que siempre escogemos aunque tengamos muchas.
Un libro que probablemente no volveremos a leer, pero que seguimos llevando con nosotras cada vez que nos mudamos.
Una foto que no tiene la mejor calidad, pero que jamás borraríamos.
Una prenda que ha sobrevivido varias limpiezas de clóset.
Una receta escrita a mano.
Una carta.
Un regalo pequeño que, para cualquier otra persona, seguramente no tendría ningún valor.
Y creo que ahí está lo bonito.
El valor de algunas cosas no está necesariamente en lo que cuestan, sino en la historia que van construyendo con nosotras.
A veces las conservamos porque nos recuerdan a alguien.
Otras, porque estuvieron presentes en un momento importante.
Y algunas simplemente porque, después de mucho tiempo, todavía nos gustan.
Quizás por eso últimamente me gusta pensar un poco más antes de llevar algo nuevo a casa.
No desde la idea de tener menos por tener menos.
Sino desde una pregunta mucho más sencilla:
¿Me gustaría seguir teniendo esto dentro de algunos años?
Obviamente no podemos saberlo siempre.
También compramos cosas que nos encantan y después dejamos de usar. Cambiamos de gustos, de rutinas, de casa, incluso de forma de ver la vida.
Y está bien.
Pero creo que hay algo bonito en empezar a elegir pensando un poquito más allá del momento.
En rodearnos, poco a poco, de cosas que realmente disfrutamos.
Cosas que usamos.
Que cuidamos.
Que tienen una historia.
Que envejecen con nosotras.
Tal vez nunca sepamos cuáles terminarán quedándose durante años.
Pero podemos empezar por elegir aquellas a las que nos gustaría darles la oportunidad de quedarse.